El secreto del curioso Abad San Virila: un hombre inquieto por la eternidad a quien Dios dio una extraña lección
Había un abad, San Virila, a quien le obsesionaba el misterio de la eternidad. Tanto es así que rogaba a Dios que le iluminase sobre esta idea tan abstracta. Como es sabido, los monjes, al cruzarse en los corredores de sus monasterios, tienen como saludo habitual: morir habemus (un día moriremos). La contestación a esto hace rima: ya lo sabemos.
Paseando por la Sierra de Leyre, un buen día, el Abad se sentó junto a una fuente. Allí descansó unas horas mientras escuchaba cantar a un ruiseñor. Luego se levantó y marchó de vuelta al monasterio, su hogar, pero se sorprendió de no reconocer a los hermanos frailes. Tampoco ellos parecían reconocerle.
Decidió entonces volverse al Abad, pues se diría que en su ausencia habían elegido a otro en su lugar, pero volvieron a encontrarse dos perfectos desconocidos. Como no llegaban a ninguna conclusión sobre su problema, en un diálogo de besugos sin solución, el nuevo Abad le invitó a acompañarle a la biblioteca. Fue allí donde encontraron un viejo libro en el cual se leía lo siguiente:
Trescientos años atrás, un monje conocido como Virila había dirigido este monasterio, pero fue devorado por unas fieras en uno de sus paseos matutinos.
San Virila entendió entonces, con lágrimas en los ojos, que ese monje que aparecía en el viejo libro era él. Que Dios había escuchado por fin sus ruegos y le había mostrado lo que era la eternidad: un abrir y cerrar de ojos en la mente misteriosa y atemporal de su Señor, de la cual le había hecho partícipe.
Monasterio de Leyre:
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El asno del Apóstol: una historia de caridad y avaricia
Seguimos en Navarra para contar, ahora, la historia de una familia de peregrinos franceses que llegó a Pamplona y se detuvo aquí para descansar en una posada. Ocurrió entonces que la mujer del peregrino enfermó y tuvieron que quedarse más tiempo del previsto, resultando que la señora murió y el padre de familia decidió seguir su camino con sus dos niños pequeños. El dueño de la pensión les pidió un pago muy alto por los gastos de toda la familia, durante tantos días, y al verse incapaz de abonar la suma el peregrino dejó su asno como pago en especie. Una vez en el Camino, la reducida familia se detuvo para pedir ayuda al Apóstol, porque los niños eran muy pequeños y el burro les hubiera servido de gran ayuda. Fue entonces que se cruzaron con un simpático anciano, que después de una agradable conversación les dejó a los peregrinos su propio burro.
Cuando llegan a Santiago, este peregrino francés tiene una visión del Apóstol Santiago, que no era otro que el anciano que les había ayudado en su camino. En ese viaje de regreso a Francia, al pasar por Pamplona, la familia se entera de que el dueño de la pensión donde falleció la esposa y madre también ha pasado a mejor vida. Una muerte que toda la ciudad achacaba a su falta de caridad con unos peregrinos tan desafortunados, una caridad que sí mostró el Apóstol, al acudir en auxilio de este padre desamparado y sus hijos.
Pamplona:
La leyenda del Caballero de las Conchas: el origen legendario de las famosas conchas
Santiago no era un gallego de origen, ni vivió nunca en Galicia. El famoso Apóstol de Jesús era, como él, judío de origen… Y sólo vino a su morada gallega, como dicen en esta tierra, sí o sí, pues si no vienes de vivo vienes de muerto. Por lo tanto, los restos del Apóstol hicieron un largo viaje desde Palestina hasta Galicia, donde reposan actualmente, una odisea impresionante para la época a la que se conoce como la traslatio. Dos cristianos llamados Atanasio y Teodoro fueron los protagonistas de esta legendaria aventura, hace dos mil años, que remató en el entierro de Santiago en lo que hoy es su catedral y ciudad.
Según la leyenda, los discípulos del Apóstol con sus restos en una balsa de piedra… ¡Esto ya era de por sí un milagro flotante! Se encontraban a la altura de Vigo (Bouzas) cuando avistaron una boda cercana, en la cual estaban abofardando: un juego que consistía en lanzar una lanza o bofarda al aire y recogerla, a todo galope, antes de que tocase el suelo. ¡Le tocaba al novio cuando el viento desvió la lanza hacia el mar, y entonces el joven se cayó sin querer al agua! El tiempo pasaba y el jinete no salía del agua, así que todos estaban con un susto tremendo, pero ahí llegó la balsa de piedra del Apostol y… El novio salió de las aguas, con su caballo, recubiertos de conchas de vieira.
De ahí que hasta hoy, en recuerdo de este milagro legendario, todos los que peregrinen a Santiago lo hacen con una concha grande o vieira.
Bouzas:
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Otra de las leyendas más conocidas del Camino de Santiago es la que discurre en la Fuente Reniega, en el Alto del Perdón, que vamos a coronar a algo más de 13 kilómetros de Pamplona.
La Fuente de La Reniega
La fuente de La Reniega es una de las leyendas más curiosas del Camino de Santiago. Según este cuento, el Diablo se le apareció a un joven peregrino que subía la ladera y le ofreció agua fresca a cambio de que renegase de Dios. El romero rechazó la oferta a pesar de su sed y el Diablo siguió tentándole, esta vez con que renegase de la Virgen. El peregrino volvió a decir que no y el Diablo, en un último intento de doblegarle, le pidió que renegase del Apósitol Santiago. Cuando peregrino volvió a negarse apareció el Apóstol, que hizo huir a Satán y dejó libre el paso a la fuente.
A escasa distancia llegamos a la cima del Alto del Perdón. Recibe este nombre de una antigua basílica medieval, con la advocación de Nuestra Señora del Perdón. Fue asaltada el Ejército de Napoleón cuando pasaba por aquí, aunque la imagen de la Virgen logró ponerse a salvo. La tradición dice que los peregrinos que llegasen a este templo se verían libres de todo pecado aunque muriesen en el intento de llegar a Santiago.