En el anterior artículo, habíamos dejado a Actio en Córdoba, justo antes de empezar el combate:
El árbitro les pregunta si están preparados, ¡es la hora! Con paso firme, Actio se aproxima a su rival, que es un reciario… Éste intenta varias veces que pise su red, pero el mirmillo no es nuevo en el oficio y consigue esquivar sus trampas: dotado de un tridente, la tarea del reciario es atacar a su oponente haciendo valer su más larga arma… ¡El truco del mirmillo es poder acercarse y atacarle con su arma, más corta, pero este rival se lo está poniendo difícil! En un momento de distracción del reciario, tras hacerle creer que iba a caer en su cepo, Actio hace un quiebro y se le aproxima para apuñalarle… ¡El camino a la victoria está abierto como el flanco desprotegido de su rival!
En una rápida esquiva, el reciario se aparta de Actio, que golpea el aire con su espada… Por su parte, su oponente toma distancia para propinarle un rápido golpe con su tridente, que le alcanza en plena pierna. ¡Actio se revuelve, está ahora luchando por su vida y el reciario vuelve a atacar, esta vez acertándole en el pecho!
Cuando el árbitro quiere parar el combate ya es tarde: el guerrero bético yace sobre la arena sobre un charco de sangre, que mana de su pierna pero sobre todo de su corazón herido. ¡No hay mucho que el galeno del Anfiteatro pueda hacer para salvarle! Sus últimas palabras son para sus compañeros mirmillones, que le rodean entristecidos: “cuidad de mi mujer y de mis hijos”. En medio del respeto, el duelo y la admiración de los presentes, el cuerpo sin vida de Actio es transportado al Espoliario, la puerta de atrás del Anfiteatro por la que ningún gladiador quiere pasar. También su oponente homenajea al cortejo fúnebre de gladiadores, el arma en alto: los gladiadores son hombres de honor y podría haberle tocado a él.
Actio murió a los 21 años en la arena del Anfiteatro de Córdoba, habiendo recibido en seis ocasiones la gloria del vencedor. Los gladiadores, como los modernos toreros, se enfrentaban a la muerte cada vez que salían a la arena, una vida extrema que les convertía en personas muy supersticiosas. Creían en un más allá en el que las maldiciones seguían teniendo efecto y no en vano su patrona era Némesis, la Diosa de la Venganza. El mirmillo Actio no desmerecía esta tradición, que mezcla lo espiritual con las más bajas pasiones, como la venganza o el miedo:
Actio, murmillo, venció seis veces. Murió a los veintiún años. Está aquí sepultado.
Séa(te) la tierra leve. Su esposa, y a su propia costa, hizo este monumento a su marido. Lo que cualquiera de vosotros desease para mi ya difunto, eso mismo hagan los Dioses con él, esté vivo o muerto.
La aventura de los gladiadores hispanos nos espera en la milenaria Córdoba y otras ciudades romanas. Vente con nosotros y te contaremos sus secretos en el mismo suelo que pisaron y les dio su último adiós. ¡Séales la tierra leve!
Los años pasaron. Su recuerdo se iría desvaneciendo en la grada, conforme otros campeones llegaron y sus fieles seguidores fueron muriendo… La esencia de Actio permanecería sobre todo en su viuda, en sus hijos si los tuvo y en sus amigos, pero también ellos desaparecieron de esta tierra sin dejar ningún rastro. ¡Incluso esos enemigos a los que Actio temía en la otra vida le siguieron, camino de ese Infierno subterráneo al que todos los romanos creían ir! Como dice Aquiles en la película “Troya”, cuando un chico le confiesa que él nunca se atrevería a enfrentarse a su próximo rival: “por eso no serás recordado”. ¡Y la leyenda perdida de Actio ha vuelto, parece mentira, después de dos milenios de olvido! En efecto, casi dos mil años después, durante la construcción de lo que hoy es la Ciudad Jardín de Córdoba, su nombre volvió a resonar con destellos inmortales: volvía la leyenda del “torero” olvidado, Actio, un joven héroe del pueblo que murió en lo que su época consideraba un arte.
Las inscripciones funerarias nos cuentan la historia de hombres que existieron para el juego, para agradar a otros mientras ellos morían jóvenes en la arena. Los gladiadores eran seleccionados entre esclavos, muchos de ellos prisioneros de guerra, pero también había hombres libres que luchaban para saldar una deuda o que alquilaban sus servicios como profesionales: igual que los modernos toreros. Actio, por ejemplo, debió ser un hombre libre dado que tenía esposa y fue ella, de hecho, quien pagó esa lápida. Un lujo para la época que implicaba un ahorro previo, por parte de los gladiadores, e incluso la formación de hermandades o sindicatos para una especie de seguro fúnebre. Las tumbas romanas de la moderna Ciudad Jardín, por la concentración de gladiadores enterrados en ellas, siempre hicieron pensar a los historiadores en la proximidad de un gran anfiteatro dedicado a estas luchas. Un estadio que fue descubierto hace poco, en las excavaciones realizadas en la Facultad de Veterinaria, muy cerca del cementerio de sus valientes protagonistas.
La vida de los gladiadores resultaba paradójica: en la arena eran los héroes del pueblo y afuera de ella, aún admirados y hasta convertidos en sex symbols, resultaban siempre ciudadanos de segunda. ¡Muchos se prestaba a ello voluntariamente! Hoy en día es difícil entender que una persona pudiera renunciar a todos sus derechos civiles, desde voto a al Derecho a ser defendido en los tribunales, pero nuestro amigo Ingenuo lo hizo: no había otra manera de entrar en el duro y arriesgado oficio de la arena. Ingenuo fue gladiador de los que combatía sobre carruaje (esedario) y que acabó enterrado en Córdoba, muy lejos de su Gemania natal:
Murió a los veinticinco años. Ganó doce palmas. Era germano. Toda la tropa de los esedarios hízole a su costa este monumento. Aquí yace. Séate la tierra ligera.
Su nombre, Ingenuo, nos indica que nació libre, por lo que pudo entrar en los juegos gladiatorios como infame: renunciando por juramento a todos sus Derechos de ciudadano libre para regirse, en una clara auto-degradación civil, a las Leyes que regían para los hombres no libres: ése era el estatuto de los gladiadores, pero no sólo eso. Su propio juramento como gladiadores les obligaba a darlo literalemente todo en la arena:
Acepto ser quemado por el fuego, atado con cadenas, azotados con varas y muerto a hierro.
Es muy probable que Ingenuo muriese soltero, dado que él no menciona a su esposa pero sí a sus compañeros de profesión, que le dedican este último adiós. Las esposas de los gladiadores eran las grandes perjudicadas, junto al gladiador mismo, del fallecimiento de éstos: a menudo se quedaban atrás, muy jóvenes y con bocas a su cargo que alimentar, pero también desprovistas de ninguna protección estatal por ser considerados ciudadanos infames o de segunda. Aquí jugaba también un importante papel la camaradería de un oficio basado en el honor, pues es probable que los compañeros de oficio se ocupasen también de mantener a esas viudas e hijos cuando se tomaban tantas molestias en pagar caros entierros. Y es que las lápidas de los gladiadores nos hablan de victorias y muerte, pero también de amor y agradecimiento:
Probo el mirmillón, contrincante del reciario, yace aquí. Liberto de Publio Aurelio Vital, vencedor 49 veces, germano de patria, ¡que la tierra te sea leve! Hicieron el monumento Volumnia Esperada, en honor de su afectuoso marido, que lo merece, y Publio Volumnio Vital, por su afectuoso padre. Que la tierra te sea leve.
En esta lápida, como vemos, la historia completa del valeroso gladiador Probo se completa con un interesante cuadro de su vida personal: fue liberto porque su amo le concedió la libertad, dándole además un apellido para que usara en adelante su familia: Vital. Una vez fallecido, el gladiador germano-cordobés fue enterrado por su esposa e hijo, que agradecen el cariño que les dio Probo en vida.
La aventura de los gladiadores hispanos nos espera en la milenaria Córdoba y otras ciudades romanas. Vente con nosotros y te contaremos sus secretos en el mismo suelo que pisaron y les dio su último adiós. ¡Séales la tierra leve!