¿Cómo era viajar en la Hispania Romana? Ciudades, Campamentos y Carreteras (segunda parte)

Los romanos interpretaban la vida como un viaje que había que disfrutar cada día.

¿Qué le pasaría al vascón Flavio Magilo para pasar tanto miedo en los montes de Italia? ¿Sería un susto provocado por el clima, los lobos, los bandidos…? La vida pendía de un hilo en una época tan llena de riesgos y los viajeros eran los primeros que reconocían estar en manos de los Dioses. Entre ellos, destacaban gente de mundo, como los legionarios. Había que disfrutar la vida y un tribuno militar de la Legio VII Gemina, de la época del emperador Caracalla, nos legó un consejo que escribió sobre su tumba:

Vive alegre cuanto vivas. La vida es un pequeño regalo: en un instante adviene, insensiblemente se afirma, pero muy luego se va insensiblemente también.

En Tarragona tenemos también una bella aunque triste inscripción que nos recuerda que los cementerios, como pasa hoy en día, se encontraban a las afueras de las ciudades y junto a los caminos.

Sepultado en este túmulo yace aquí el joven Aper, el forjador, cuya juventud mientras vivió fue intachable. Viviste pobre. Con los amigos fuiste entrañable. Viviste treinta años, dos meses y ocho días. ¡Ay dolor! ¿Dónde te buscaré yo, mientras, hijo? ¡Viandante! Ya prosigas tu camino, ya pases o te detengas un momento, lee el epitafio en mármol a cincel labrado que yo, su padre, hice a su hijo dulcísimo: en el túmulo quedan enterrados los restos. Adiós para siempre jamás, hijo carísimo.

Esta piedra no es una lápida sino un altar, erigido en España por un alto mando de la Legión VII, un hombre de mucho poder que provenía de Libia, otra Provincia del Imperio: para Roma no había fronteras dentro de su territorio.

¿Conoces el legado que romanos e íberos dejaron en la Costa de Mediterránea?

También los gladiadores muertos pedían que los viajeros se detuvieran ante sus tumbas para desearles suerte en su otra vida:

Gladiador Lucio Anio Valens. Murió contando veinte años. Luchó varios combates. Te ruego a ti, que pasas ante este sepulcro, que digas: ¡séate la tierra leve!

Si te interesan los gladiadores y su leyenda en Hispania, puedes leer más en este artículo.

Trabajo peligroso y muy lejos de casa.

Los romanos invadían los países, como las modernas potencias mundiales, para saquear los recursos naturales y dominar a las poblaciones que las explotaban. Y uno de los grandes monumentos que nos han legado, por tanto, son los restos de sus minas, cuyo máximo exponente en España es el hermosísimo y peculiar paisaje de Las Médulas. Para ejecutar tan enorme obra de ingeniería, que consistía en destruir literalmente las montañas para exprimirlas de cada pepita de oro, se emplearon incontables contingentes de mineros. Trabajadores asalariados que no sólo no eran esclavos, sino que estaban habituados a este duro trabajo y se desplazaban largas distancias para realizarlos. Conocemos por una tumba la existencia de una colonia de mineros cántabros en El Centenillo, Jaén, que cruzaron literalmente toda España para ofrecer sus servicios de profesionales expertos: el difunto en cuestión, llamado Paterno, sólo tenía veinte años… Pero el trabajo en la mina empezaba muy pronto en la vida y alcanzaba también, por desgracia, a la infancia.

También se conserva una lápida de un niño minero que representa al difunto, de apenas cuatro años, con el pico y el cubo a la medida de su pequeño tamaño: testimonio desgarrador de un niño asturiano, llamado Cuártulo, que trabajaba en esas profundas galerías, o a lo mejor tan solo acompañaba a sus padres en la faena y jugaba a ayudarles. De los peligros de trabajar en las minas del Bierzo nos hablan también las crónicas de entonces, que describen fielmente el proceso Ruina Montium con el que se derrumbaban los montes para drenar luego el sedimento en busca del oro: se excavaban las galerías para inundarlas a continuación, de tal manera que la presión hidráulica hiciera desplomarse tales montañas en un río de cascotes y tierra. ¡Los mineros permanecían hasta el último momento trabajando, era necesario para que la operación pudiera completarse! Todo se remataba con la labor de un vigía en la cima del monte, el cual les avisaba a viva voz a cuando el derrumbe era inminente… Increíble pero cierto, y las víctimas de accidentes laborales debían de ser numerosas, tal y como contaba el historiador y naturalista romano Plinio:

Fuera más aventurado buscar perlas en el océano, tan peligrosas hemos hecho las tierras…

Descubre la aventura de los mineros hispanos y los soldados romanos que protegían estos montes, tan bellos y ricos en oro y en leyendas.

Un empleo como vemos de alto riesgo que era muy necesario para el Estado, pues sin ese oro astur no se podía pagar a los soldados. Existe de hecho una relación directa entre la producción de oro y plata de esta región y la viabilidad del Imperio, coincidiendo las épocas de mayor auge minero con las de prosperidad estatal de Roma y viceversa:

Dicen que Asturias, Galicia y Lusitania proporcionaron en un año veinte mil libras de peso: así Asturias es la que más produce. Esta fertilidad no ha durado tanto ni en ninguna parte ni durante tantos siglos. Los astures comenzaron a conocer sus recursos y riquezas trabajando con esfuerzo en las profundidades mientras las buscaban para otros.

Roma buscaba pretextos para invadir y ocupar países para explotar sus riquezas naturales: la defensa propia contra los celtas e íberos de Hispania les daba un argumento perfecto para atacarles y someterles. Pero fue de hecho esta codicia y hambre de oro, “hambre sagrada” la llamaban los romanos, la causa real de la Guerra contra los cántabros y astures del César Augusto. Una vez derrotados, esos mismos celtíberos seguirían trabajando en las minas pero no como esclavos, sino como mineros profesionales como los que ha habido luego con el carbón en estas mismas regiones. Y apenas terminada la guerra contra los romanos, estos celtas del Norte de España y Portugal empezaron a trabajar para ellos como mineros pero también como soldados: mercenarios de élite que al igual que otros pueblos íberos enviaban a las fronteras: lugares tan lejanos como Germania, Britania, Argelia, Judea… Como decía Estrabón de los feroces cántabros:

Los mismos cantabros que antes devastaban las tierras de los aliados del César ahora utilizan esas mismas armas para defender al César y los romanos.

Una integración al Imperio a la que ayudaron esos caminos tan importantes, que hoy podemos recorrer y que han sido pisados por viajeros de todo tipo: soldados, comerciantes, bandidos, juglares, peregrinos…

Un camino que podemos seguir nosotros hoy, tantos siglos y milenios después, pisando esas mismas huellas…

 

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