La Hispania Romana, un Paraíso perdido en la Historia de la Humanidad.
Viajar en la España Romana: peligroso y costoso pero posible, gracias a sus carreteras
Los sevillanos Trajano y Adriano, que procedían de Itálica (Santiponce, Sevilla) fueron los mejores Césares romanos. Con ellos, el Imperio Romano llegó a su cenit, mientras que otro César español marcó el último gran episodio de esa Era: Teodosio, que era de Cauca (Cuenca, Segovia), fue el último gran César antes de la Caída del Imperio. El cordobés Séneca lo fue todo menos César, aunque actuara como tal, siendo el tutor del demente Nerón, que al final le mandó asesinar. El mejor “piloto de carreras” fue originario de Mérida, Diocles de Lusitania, que era invencible subido en una cuadriga o carro de cuatro caballos. Y poetas como Marcial de Bílbilis (Barbastro) o el gallego Hydacio pusieron más de moda, si cabe, a las provincias más occidentales del Imperio. Haremos aquí un sencillo recorrido por la Historia de Roma y de la Península Ibérica, con los testimonios de hispanos que vivieron esa época, y empezaremos por el símbolo más notorio de sus pasos: los caminos que recorrieron en sus viajes.
Campamentos militares de Roma bajo nuestros pies
La Historia de Roma y de la Humanidad es la historia de sus viajeros y, por tanto, de sus caminos. Roma se caracterizó por construir muchas carreteras por todas partes, que eran la base de su Imperio, pero en un principio no eran sino rutas militares para facilitar el avance de sus ejércitos. Y esos caminos estaban jalonados de fuertes donde vivían sus soldados, muy a menudo rodeados de tribus salvajes. En la Península, estos conquistadores tuvieron un problema añadido que era el espíritu combativo de los íberos nativos:
Los hispanos prefieren la guerra al descanso y si no tienen enemigo exterior lo buscan en casa.
Pompeyo Trogo explicaba así el larguísimo periodo de guerras que caracterizó la Conquista Romana de Hispania: doscientos años de conflictos entre romanos, pero también entre los propios íberos, que han dejado incontables signos en la geografía peninsular. El compamento militar de Petavonio, entre Astorga y Zamora, es un buen ejemplo de cómo construían los romanos sus fortalezas.
Muchas ciudades y pueblos actuales son resultado de campamentos legionarios, cuyos propios nombres les delatan. La ciudad alemana de Colonia es un ejemplo muy claro, igual que la austriaca Vindobona (Viena), que en latín significa: viento bueno. En España, Zaragoza se llama así por su nombre original: César Augusta, mientras que Pompeya fue fundada por Pompeyo, que era aliado de los vascones, y Mérida recibe su nombre de los soldados jubilados de Roma que aquí se retiraban: Emérita Augusta. Todavía podemos recorrer los terrenos y fortificaciones de estos campamentos, que perduraron hasta convertirse en modernas ciudades. Cuando las guerras con los íberos terminaron, se edificaron murallas para defender a las gentes de los bárbaros del Norte de Europa y África, como es el caso de Legión (León) o Lugo.
Conoce las leyendas de los Celtas y Romanos que habitaron en la Antigua Hispania
El Camino de Santiago pasa sobre la Vía Romana de Burdigala (Burdeos) a Legión (León)
Todos los caminos llevan a Roma, que en efecto ha sido la Civilización que primero y de manera más intensa se preocupó por que la gente pudiera viajar. De hecho, rutas tan actuales como el Camino de Santiago discurren por sus muchas carreteras: la Vía de la Plata que une el Norte con Extremadura y Andalucía, el famoso Camino Francés y muchas otras rutas por las que ahora pasan autopistas… El gran problema de la época eran los bandoleros, como ocurría en puntos negros de nuestra Geografía como la Selva de los Vascones (hoy el Bosque del Irati). Las lápidas funerarias de las víctimas nos hablan de estos problemas de inseguridad:
Aquí yace Calaetus, hijo de Eguesi, de veinte años de edad, que fue asesinado por unos ladrones. Acnon, su madre, hizo levantar este monumento a su costa.
También en las cercanías de Cartagena ocurrían estas cosas:
La tierna edad de Lusius se hallaba adornada en su incipiente juventud de fuerzas vigorosas. Añorando los abrazos de su querida hermana pretendió cubrir muchas millas de camino, pero fue asesinado por el inesperado y malhadado tropiezo con unos bandoleros. Así se llevó su cuerpo una desgracia cruel. Yo creo que al extinguirse tan prematuramente su tierna edad, si bien le privó del recuerdo de ratos felices, también le evitó el tener que memorar los amargos.
Todavía mucho después, los peregrinos del Camino de Santiago pasaban mucho miedo sobre todo al pasar ciertos puntos negros de la ruta, como ese Bosque de los Vascones o el Monte Cebrero de Galicia. ¡Afortunadamente, hoy en día estamos a salvo a la hora de viajar por la mayoría de los lugares!
¡Anímate a hacer el Camino de Santiago y revive estas antiguas rutas llenas de Historia, Naturaleza y Aventura!
Otras veces, los viajeros llegaban a su destino y volvían, incluso de periplos tan largos como el que vamos a contar ahora. Es una lápida que podemos ver en el Museo de Pamplona y que pertenece probablemente a un navarro de la época, que dio gracias a los Dioses por ir a Roma y volver para contarlo. Sin embargo, algo debió ocurrirle en los Montes Apeninos cuando hizo una promesa a Jupiter Apenino que cumplió a su regreso:
¡Oh Júpiter Apenino, favorecedor mío! Yo, Flavio Magilo, vencedor y alegre, te dedico ahora estas ofrendas prometidas cuando suplicante y temeroso iba camino de los altos techos de Roma. Sólo quiero que recibas propiciamente lo que te ofrezco: el ara, la palma y la víctima (el sacrificio).
Para quien piense que Flavio era un exagerado, hay que apuntar ciertos datos como que se tardaban cuatro días en barco en llegar a Roma desde Tarragona. Y ése era el camino rápido y sencillo, claro, teniendo en cuenta que por mar se producían muchos naufragios y ataques también de piratas.
Los romanos interpretaban la vida como un viaje que había que disfrutar cada día
¿Qué le pasaría al vascón Flavio Magilo para pasar tanto miedo en los montes de Italia? ¿Sería un susto provocado por el clima, los lobos, los bandidos…? La vida pendía de un hilo en una época tan llena de riesgos y los soldados eran los primeros que reconocían estar en manos de los Dioses. Había que disfrutar la vida y un tribuno militar de la Legio VII Gemina, de la época del emperador Caracalla, nos legó un consejo que escribió sobre su tumba:
Vive alegre cuanto vivas. La vida es un pequeño regalo, en un instante adviene, insensiblemente se afirma, pero muy luego se va insensiblemente también.
En Tarragona tenemos una bella aunque triste inscripción que nos recuerda que los cementerios, como pasa hoy en día, se encontraban a las afueras de las ciudades y junto a los caminos.
Sepultado en este túmulo yace aquí el joven Aper, el forjador, cuya juventud mientras vivió fue intachable. Viviste pobre. Con los amigos fuiste entrañable. Viviste treinta años, dos meses y ocho días. ¡Ay dolor! ¿Dónde te buscaré yo, mientras, hijo? ¡Viandante! Ya prosigas tu camino, ya pases o te detengas un momento, lee el epitafio en mármol a cincel labrado que yo, su padre, hice a su hijo dulcísimo: en el túmulo quedan enterrados los restos. Adiós para siempre jamás, hijo carísimo.
Trabajo peligroso y muy lejos de casa
Los romanos invadían los países, como las modernas potencias mundiales, para saquear los recursos naturales y dominar a las poblaciones que las explotaban. Y uno de los grandes monumentos que nos han legado, por tanto, son los restos de sus minas, cuyo máximo exponente en España es el hermosísimo y peculiar paisaje de Las Médulas. Para ejecutar tan enorme obra de ingeniería, que consistía en destruir literalmente las montañas para exprimirlas de cada pepita de oro, se emplearon incontables contingentes de mineros. Trabajadores asalariados que no sólo no eran esclavos, sino que estaban habituados a este duro trabajo y se desplazaban largas distancias para realizarlos. Conocemos por una tumba la existencia de una colonia de mineros cántabros en El Centenillo, Jaén, que cruzaron literalmente toda España para ofrecer sus servicios de profesionales expertos: el difunto en cuestión, llamado Paterno, sólo tenía veinte años… Pero el trabajo en la mina empezaba muy pronto y alcanzaba, por desgracia, a la infancia.
También se conserva una lápida de un niño minero que representa al difunto, de apenas cuatro años, con el pico y el cubo a la medida de su pequeño tamaño: testimonio desgarrador de un niño asturiano, llamado Cuártulo, que trabajaba en esas profundas galerías, o a lo mejor tan solo acompañaba a sus padres en la faena y jugaba a ayudarles. De los peligros de trabajar en las minas del Bierzo nos hablan también las crónicas de entonces, que describen fielmente el proceso Ruina Montium con el que se derrumbaban los montes para drenar luego el sedimento en busca del oro: se excavaban las galerías para inundarlas a continuación, de tal manera que la presión hidráulica hiciera desplomarse tales montañas en un río de cascotes y tierra. ¡Los mineros permanecían hasta el último momento trabajando, era necesario para que la operación pudiera completarse! Todo se remataba con la labor de un vigía en la cima del monte, el cual les avisaba a viva voz a cuando el derrumbe era inminente… Increíble pero cierto, y las víctimas de accidentes laborales debían de ser numerosas, tal y como contaba el historiador y naturalista romano Plinio:
Fuera más aventurado buscar perlas en el océano, tan peligrosas hemos hecho las tierras…
Un empleo como vemos de alto riesgo que era muy necesario para el Estado, pues sin ese oro astur no se podía pagar a los soldados. Existe de hecho una relación directa entre la producción de oro y plata de esta región y la viabilidad del Imperio, coincidiendo las épocas de mayor auge minero con las de prosperidad estatal de Roma y viceversa:
Dicen que Asturias, Galicia y Lusitania proporcionaron en un año veinte mil libras de peso: así Asturias es la que más produce. Esta fertilidad no ha durado tanto ni en ninguna parte ni durante tantos siglos. Los astures comenzaron a conocer sus recursos y riquezas trabajando con esfuerzo en las profundidades mientras las buscaban para otros.
Conoce la aventura de los mineros hispanos y los soldados romanos que protegían estos montes, tan bellos y ricos en leyendas
Fue de hecho esta codicia y hambre de oro, la sacra fames (hambre sagrada) que decían Virgilio y Plinio, la justificación real de la Guerra contra los cántabros y astures del César Augusto. Pero no como esclavos sino como hombres libres, mineros profesionales como los que ha habido luego con el carbón en estas mismas regiones. Como vimos con el caso de los mineros cántabros y astures, apenas terminada la guerra contra los romanos, empezaron a trabajar para ellos como mineros pero también como soldados: mercenarios de élite que al igual que otros pueblos íberos enviaban a las fronteras… Tan lejanas como Germania, Britania, Argelia, Judea… Como decía Estrabón de los feroces cántabros:
Los mismos cantabros que antes devastaban las tierras de los aliados del César ahora utilizan esas mismas armas para defender al César y los romanos.
Una integración al Imperio a la que ayudaron esos caminos tan importantes, que hoy podemos recorrer y que han sido pisados por viajeros de todo tipo: soldados, comerciantes, bandidos, juglares, peregrinos… Un camino que podemos seguir nosotros hoy, tantos siglos y milenios después, pisando esas mismas huellas…